miércoles, 1 de abril de 2015

Educación (y 2)

Vamos conociéndonos la melodía, decía. Al menos desde hace dos siglos y medio - propiamente desde que existe realmente una forma moderna de educación, suena más o menos del siguiente modo: La Educación - con mayúscula o pronunciado con acento reverencial - es el medio más radical de emancipación del viejo yugo de prejuicio y superstición arrojado sobre los hombres por las fuerzas de la reacción. La alianza del Trono y el Altar haría presa sobre las conciencias de sus súbditos mediante su monopolio sobre una educación que, por lo demás, sólo resultaría accesible a un mínimo número de dichos súbditos. La misma Universidad, una vieja institución de fundación eclesiástica, habría de ser subvertida de raíz abriéndose a las nuevas ciencias y técnicas, para lo que habría de ser purgada de su tradicional metafísica - de cuño fundamentalmente aristotélico - para dar cabida a las nuevas "ciencias baconianas" que nacieron lejos de las universidades, en la matriz innovadora y emprendedora de talleres y primeras industrias.
La nueva educación - contemporánea de la estructura económico-política moderna: el Estado-Mercado Nacional - tendría como objetivo la constitución del neo-hombre, definido por su ciudadanía específica frente a la universal pertenencia a una Cristiandad que tuvo por objetivo, justamente, llegar a ser La Cristiandad Universal. Esa ciudadanía específica - ya fuera española, francesa, inglesa... - tuvo un contenido conspicuo que hará del ciudadano un trabajador-consumidor que legítimamente tratará de gozar de bienes no necesarios, objetos de un lujo de confort, que no ha de confundirse con el lujo de ostentación propio de los viejos estamentos privilegiados. 
Esa nueva educación ha de recaer sobre el conjunto de la nueva ciudadanía idealmente ecualizada u homogeneizada. La idea-fuerza de la igualdad no toleraría diferencias, pese a tener que admitir desde el principio esa forma de diferencia meramente cuantitativa o descualificada, una diferencia sin diferencia, que es la diferencia estrictamente económica. De Robespierre a Babeuf ya se apunta la superación incluso de esa desigualdad cuantitativa, pero en continuidad puede verse la verdadera revolución que señala a la radical homogeneización según la cual habría que deshacerse, incluso, del propio modo de ser, es decir, de esa propiedad privada que es la propia unicidad personal. El símbolo en la Gran Revolución, de ese tránsito a la igualdad realizada, puede encontrarse en Sade.  Son evidentes los riesgos que resume magistralmente, como corresponde a su título. el Magister Laetus: "It is the great paradox of the modern world that at the very time when the world decided that people should not be coerced about their form of religion, it also decided that they should be coerced about their form of education"
Pero el cuento es para contarlo con detenimiento, abrimos estas páginas con la intención de ir contándolo.

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